Los olores del recuerdo | Lucila De Ponti
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Los olores del recuerdo

Yendo para Avellaneda, paramos en la YPF por la ruta 11 a la altura de San Justo para cargar nafta y comprar comida. De todos modos estaban descargando los camiones abastecedores de combustible y lamentablemente terminamos cargando en una Shell, lo cual me entristeció porque prefiero siempre darle la plata a la empresa nacional (?). Algo que valoro mucho de mi experiencia siendo diputada es que puedo recorrer mucho la provincia. Eso también me permite conocer y recuperar parte de mi historia familiar que ha transcurrido mucho sobre distintas locaciones de este suelo santafesino. 

Para mí San Justo tiene un olor, un aroma, algo particular… Un poco de máquinas de campo, semillas, fertilizantes… No sé, un olor a cosas que había en el galponcito que tenía mi abuelo al lado de su casa en el campo, las cosas para los animales, no estoy segura de dónde viene. Un olor que también estaba adentro de la casa, que lejos de cualquier lujo era una casucha con dos piezas chiquitas, un baño que siempre estaba mojado y lleno de unos bichos con un caparazón marrón clarito, medio transparente, que me daban un poquito de miedo. También había un catre en el comedor junto a la cocina, porque si íbamos todos no entrabamos en las piezas. El catre era pintoresco pero muy incómodo, no implicaba ninguna fortuna tener que dormir en él.

Mi abuelo era productor agropecuario. Vivía en San Francisco, dentro de Córdoba y al lado de Frontera, una suerte de fin del mundo santafesino y comienzo del paraíso cordobés. El campo de su familia estaba en San Justo. Lo habían dividido en tres, un pedazo para que cada hermano produzca. Él se dedicó a sembrar, no recuerdo que tuviera animales, salvo por esa vaquita marrón y blanca que adopté como mascota por un corto tiempo y tuve que despedir en un remate después que mi abuelo murió. Y los caballos, estaba Gaucho, otro blanco que olvide su nombre y unos petisos. Enfrente estaba el campo de la tía Raquel y su marido Chichin, ahí si había animales, tenían un tambito que nos gustaba ir a ver. Para unos niños citadinos eran más divertidas las vacas que la agricultura. También ahí comimos un asado con cuero infinitamente grande cuando Chichin cumplió los 60 y otro día vimos morir a unos pobres cerditos que abandonaron este mundo colgando patas arriba en un método de salida tan cruel que nunca lo olvidaré. 

Mi momento preferido eran las noches porque ahí en el campo sí se veían todas las estrellas y además estaban los bichitos de luz entre los yuyos. Se dejaban atrapar y encerrar en un frasco donde morían lentamente para luego ser investigados por los pequeños científicos. Pasamos muchos días ahí. Aunque no tantos con mi abuelo que murió enseguida. Yo tenía 7 años, un día estaba jugando con mis amigas a la obra de teatro en la casa de la Vale y vino mi papá a buscarme. 

Ahí en San Justo, en la YPF donde siempre paramos a cargar nafta y venden un pan con chicharrón increíble, del otro lado de la ruta nace un camino que va hasta el cementerio. Fui pocas veces a visitar la tumba de mi abuelo, no me disgustan los cementerios pero no soy de ir, por más que me fascine la literatura de Mariana Enriquez no desarrollé ese gusto. Y a pesar de amar a mi abuelo no fui a visitar su tumba muchas veces. No lo conocí tanto, pero conozco su historia. Se que conoció a mi abuela en Casilda y que después vivieron en la zona de Logroño, cerca de Tostado, en una estancia que se llamaba La Florida donde mi abuelo trabajaba el campo y mi abuela, que era maestra, fundó una escuelita rural para los chicos de las familias que vivían ahí. La nombró Alfonsina Storni. También se que si mi abuela lee esto me va a corregir sucesos porque en el intento de sintetizar estoy siendo inexacta. Y además porque es maestra :).

Para mi que los olores son una de las formas sensoriales más vívidas de los recuerdos (parece ser que Marcel Proust ya habló de esto). Debe ser algo muy personal pero estoy segura de que los rosarinos nunca olvidaremos el olor a quemado que inundó nuestras vidas en las últimas semanas, y en los últimos años también. Realmente espero que no tengamos que hacer propia la frase de que “el humo llegó para quedarse” y que se encuentre un camino para resolver este problema. Pasar de una política ambiental un poco testimonial a una política de Estado jerarquizada con inversión de recursos públicos y privados suficientes que pueda garantizar el desarrollo de estrategias que vinculen producción y preservación ambiental de forma más equilibrada es clave para dejar atrás la respuesta tardía y avanzar hacia la acción anticipatoria. La sanción de la Ley de Humedales tiene que inscribirse en ese objetivo para constituirse como una solución. 

 

Para despedirme no quería dejar de decir algo sobre el atentado a Cristina, aunque ya ha pasado tanto tiempo. En 2013 estuve en Brasil en un congreso del Foro de Sao Paulo y recuerdo un episodio que me había dejado sorprendida y asustada. Estábamos en un bar frente al hotel donde se realizaba el Congreso y repentinamente unos compañeros que estaban sentados en una mesa al lado nuestro fueron agredidos (literalmente a trompadas) por un grupo de hombres que aparecieron de la nada y estaban identificados como fascistas. En el Foro participan personas de muchos países del mundo, sobre todo de Latinoamérica, y muchos estaban familiarizados con ese tipo de sucesos. Yo estaba anonadada porque en Argentina nunca hubiese sucedido algo así.

Casi 10 años después la violencia empezó a volverse algo más frecuente hasta el punto de que un tipo le gatilló una pistola cargada en la cabeza de la vicepresidenta. Una señal clara de que algunos límites están rotos. Creo que una tarea imprescindible es reestablecerlos, recuperar la idea de que en nuestro país, al menos, no se puede matar a alguien porque piense distinto. Necesitamos un esfuerzo mayor para que esa idea y ese discurso pierda validez y efectividad electoral. Les dejo un podcast que me pareció interesante para pensar el momento.

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